La primera vez que las hadas perrunas y yo visitamos Arcadia, nos recibió la manada de perros de Beatriz y Pablo, con Cleo a la cabeza.

Todavía recuerdo que al dar la vuelta de la curva que te lleva a su casa, aparecieron todos los perros ladrando y corriendo hacia nosotras.

Cleo le pegó un pequeño revolcón a Greta y rodó por el suelo. Hubo un pequeño guirigay de perros y la verdad es que yo me asusté un poco, viendo las dimensiones de aquella mastina que nos estaba diciendo que habíamos llegado a su territorio.

Todo fue muy rápido, los perros se olieron entre ellos, se saludaron, los más inseguros ladrando y los más tranquilos transmitiendo calma, y todo volvió a la normalidad.

Una vez repuesta del susto inicial y viendo que todo estaba en orden, miré a Cleo, por si en el futuro tenía que tener cuidado con ella, pero en su mirada solo vi bondad. Y me di cuenta de que me estaba diciendo que ella era la guardiana de la montaña, que estaba protegiendo a su familia, pero que no nos preocupáramos, que nada nos iba a pasar y que una vez que estaba claro que ella mandaba allí, ya podíamos ser amigas.

Aun así, para sellar aún más nuestra recién estrenada amistad, decidí utilizar la estrategia de la chuche. Saqué unas chuches del bolsillo y le ofrecí primero a ella.

Abrió su bocota y me cogió la chuche con tanto cuidado y tanta delicadeza que prácticamente no rozó  mi mano. Se relamió y me acercó su cabeza para que la acariciara. La acaricié, le di más chuches y allí comenzó nuestra historia de amistad.

Llevo varios años visitando Arcadia  y Cleo siempre recibía a las hadas perrunas como tres miembros más de su manada y a mí como una amiga más de la familia.

Cleo con Senda, Greta y Lisa en Arcadia

Aprendí de Cleo, la gran guardiana de la montaña, que una buena líder no manda ni impone, solo guía y protege, desde el respeto y al amor a la manada.

Siempre que me veía, venía para que yo la acariciara y se tumbaba patas para arriba, con todo lo grande que era, para que yo le rascarse la barriga. Había tanto amor y dulzura en esa perra, que era imposible no sucumbir a sus deseos. Me encantaba cuando la encontraba en el camino que va a casa de Pablo y Beatriz, se ponía a mi lado y con su lento caminar, me acompañaba silenciosa.

Precisamente, este verano cuando estuve en Arcadia de vacaciones,  Pablo me preguntó:

– ¿De todos los perros que tenemos en nuestra manada de Arcadia, si tuvieras que llevarte uno a tu casa, a cuál te llevarías?

Y yo le dije sin dudar:

-A Cleo.

Y Pablo contestó:

-Yo también.

Porque Cleo era especial. Tan grande y tan dulce, tan buena. Tan sabia.

La noticia de su fallecimiento me pilló por sorpresa. No me lo esperaba.  Y la verdad es que nunca pensé que pudiera sentir tanta tristeza por el fallecimiento de un perro que no es mío. Pero Cleo se había ganado mi amor, casi sin yo darme cuenta.

Sé que la voy a echar mucho de menos cuando vaya a Arcadia y no nos reciba, cuando ya no esté tumbada en la tierra fresca ni me pida chuches o que la acaricie.

Pero me siento agradecida por haberla conocido y por el tiempo que he podido compartir con ella.

Cleo estará siempre en mi corazón y espero volver a encontrarme con ella al otro lado del arcoíris, cuando las dos volvamos a la eternidad.

Gracias,  Cleo. 

Nos volveremos a ver.