De cuando las voluntades ayudan a paliar el dolor

Hay historias que llegan a ti y, aunque pase el tiempo, merece la pena contarlas  y esta es una historia de colaboración y tesón que hace este mundo un poco mejor.

Hace un tiempo ya, aunque por todo lo que hemos vivido después, parece que hayan sido muchos años, recibí un mensaje de voz contando el caso de un animal que en palabras textuales era “sangrante”. Si el mensaje hubiese venido de otra persona, el término utilizado  me hubiese parecido, si no exagerado, sí envuelto en ese lenguaje dramático al que por desgracia te acostumbras cuando llevas mucho tiempo en este mundo, pero viniendo de una agente de la policía local, acostumbrada a ver todo tipo de situaciones, lo creí.

Al cabo de unos minutos me envió fotos del animal y, no solo eran terribles, sino que cuanto más las mirabas más imaginabas la miseria  y el dolor que rodeaba al animal. Las patas de delante rígidas, las de atrás con heridas, su cuerpo  tensionado, paralizado, como si viviera en una continua foto fija. Su expresión no sabría cómo definirla, era desesperación, resignación, quizá alivio por  sentirse salvado. Los animales  no razonan como nosotros pero sí sienten y sus expresiones nacen de la emoción que les produce aquello que viven y la suya era descorazonadora.

En ese momento (aparte de secarme las lágrimas) no sabía  qué hacer, a quien acudir para que pudiera ayudar a sacarlo de allí lo antes posible y darle como mínimo un refugio y el cariño que merecía. Pero hasta que llegó ese momento  tuvo que estar en la perrera unas horas que  no sé como las vivió él pero para los que estábamos fuera fueron eternas y llenas de impotencia e incertidumbre.

Mientras Basala era sacado de donde malvivía,  mi lucecita se encendió y llamé  a alguien que siempre está ahí y que además suele ser resolutiva, Teresa. Ella coge el teléfono y mueve cielo y tierra para conseguir llevar a puerto seguro al animal en cuestión. Es aquí donde empieza una  colaboración maravillosa que  te devuelve la confianza, otrora perdida, en la capacidad de los  humanos para hacer las cosas juntos y, además, bien. Entra en escena la SVPAP dándole un refugio mientras se buscaba una solución definitiva, un refugio donde encontró el cariño y los cuidados que necesitaba.

Pero era un caso complicado por su situación, ya que su inmovilidad no le permitía hacer una vida “normal” y  no sabíamos si era algo transitorio que pudiera tener una solución o era permanente. Tocaba hacer las pruebas que confirmaran o disiparan las sospechas y los miedos, y el mal presagio se confirmó. Los daños que tenía eran posiblemente de nacimiento y no tenían solución.

Afrontar, desde nuestra perspectiva humana, que un perro con una discapacidad muy alta pueda llegar a ser feliz es complicado y, en ocasiones, nos hace plantearnos si hay que tomar la decisión de despedirse de él. No hay que esconder este tipo de pensamientos ni  este tipo de decisiones, que en ocasiones no queda más remedio que  tomar.

Pero a veces una voz surge en nuestro cerebro, una pequeña vocecita que hace de guía e intenta no darse por vencida y encontrar una solución. Esa  voz consigue tirar de un hilo invisible, recorre todos los datos acumulados durante años en tu cabeza y de repente, ¡eureka!, encuentra  un atisbo de esperanza. Esa esperanza  tiene un nombre  y ese nombre es  María. No solo ella, sino todo el equipo que forma la asociación BICHOS RAROS (sí, en mayúsculas, no hay otra posibilidad)  y que fue el milagro que ayudó a nuestro protagonista.

Creo que fueron cinco segundos los que tardó María en decirnos que sí, que Basala ya tenía un hogar. A partir de aquí, el siguiente paso era llevar a Basala a Madrid. Jenaro y Teresa, mil gracias a los dos, emprendieron ese viaje y dejaron a Basala en las mejores manos posibles.

El resto de la historia es una vida llena de amor, cuidados, esperanza y alegría, la vida que todos merecemos tengamos las patas que tengamos y las movamos mejor o peor.

Mis últimas palabras van dedicadas a este animal tan extraordinario, porque en momentos de cierta tristeza y descreimiento, me ha devuelto algo de esperanza y me ha enseñado que merece la pena seguir adelante, con las fuerzas que queden después de secarse las lágrimas.

Os dejamos el link de Bichos Raros para que conozcáis este maravilloso lugar donde es imposible no contagiarse de las ganas de vivir. Y por supuesto, que nadie te diga que no puedes hacerlo porque Basala es testigo de que se puede ser feliz, sean cuales sean tus circunstancias. https://bichosraros.org/

Dedicado a Luz y Pedro.

Carmen Navarré.