Hay decisiones en la vida que cuesta mucho tomar, pero que llegado el momento es inevitable adoptarlas, aun sabiendo que no existe otra consecuencia  que la ruptura con una parte importante de tu vida.

Hace un tiempo escribía sobre mi experiencia en un refugio. Hoy vengo a presentarles una nueva  aventura junto con mis compañeros de viaje, los alados, y los refugios donde echamos una mano.

Somos un grupo de personas, amantes de los animales, que un día decidimos salir juntos de un lugar común y emprender un nuevo camino, mirando al futuro con incertidumbre pero con ilusión, dejando atrás meses e incluso años de compromiso.

Decidimos llamarnos, tras barajar otras posibilidades más terrenales, voluntarios con alas, porque ellas nos permiten volar, y volar es andar cargados de sueños. Hay una canción de Maná  que dice: “Sé que tengo muchos cielos por volar y sé que el viento nos reparte a todos alas”…  y allí que emprendimos el camino con las nuestras.

Nunca dudamos de que nuestra voluntad de ayudar a los animales más desfavorecidos era firme, pero habíamos salido de nuestra zona de confort y nos enfrentábamos a nuevos retos. Por ello, quisimos hacerlo bien, y juntos. Decidimos  reunirnos para hablar sobre nuestros objetivos y todos estuvimos de acuerdo en que habíamos dejado atrás a animales entrañables y personas estupendas, pero que fuera de esos muros teníamos cientos de seres maravillosos a los que ayudar. Sólo nos quedaba buscarlos y volar hacia ellos.

Contactamos con varias protectoras que cuentan con refugio (SOS Sagunto, Ribercan, El Refugio de Tula), y en todas nos recibieron con los brazos abiertos. Desde hace varios meses, cada fin de semana, nos dividimos e intentamos echar una mano allí donde hacemos falta, que por desgracia es en todas las protectoras, y las alas no  alcanzan tanto como nos gustaría.

Venir de una asociación donde decenas de personas acuden a ayudar, y llegar a otra donde apenas son cuatro trabajando, sin contar a los alados, es darte de bruces con otra realidad, diferente a la que tu creías conocer. Las carencias son tantas que cubres las necesidades básicas. Son muy pocas, al contrario de lo que pensaba, las personas que deciden dedicar unas horas semanales a colaborar con las protectoras y mucho el trabajo  que hacer en ellas.

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Los Voluntarios Alados en el Refugio de Tula. En la foto de cabecera, los Voluntarios Alados echan una mano en Ribercan.

Hemos conocido gente que se ha dejado todo su dinero por ayudar a los animales. Gente  que cuando el refugio se inunda tiene que sacar de allí a los animales. Gente que duerme junto con sus más de cien perros para no dejarlos solos. Pero todos ellos tienen una cosa en común: su compromiso con una causa que creen justa.

Otra cosa que tienen  en común es que  reciben más ayuda de fuera de España que de sus poblaciones cercanas. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo somos capaces de generar tanto abandono y arrimar tan poco el hombro?

Mientras encontramos respuesta a esta pregunta,  seguiremos aportando  manos que ayuden a sacar adelante proyectos valientes, seguiremos volando allí donde nos necesiten porque todos los animales de todos los refugios  tienen el mismo derecho a ser felices y a recibir una caricia, una sonrisa. Y porque nosotros queremos seguir recibiendo lametones, escuchando ladridos, maullidos y ronroneos.

No sé hasta dónde llegaremos juntos, cuántos se quedarán por el camino, ni si sumaremos compañeros en este viaje; sólo sé que mientras dure esta  aventura estaremos ayudando a cientos de animales a vivir un poco mejor, y a muchas personas a saber que no están solas.

Sólo se vive una vez.  Dejar para dar mañana el amor que puedas dar hoy es negarse cierto grado de felicidad del que en ocasiones vamos escasos. Decía un eslogan publicitario: “Es muy fácil, si lo intentas”. ¡Pues  inténtelo! Seguro que cerca de usted hay un lugar donde ayudar. Y si no está muy cerca, siempre tendrá sus alas para llegar.

Carmen Navarré

Voluntaria Alada