A veces, cuando voy en el coche, miro por el retrovisor central y veo a mis perros en el maletero. Dante y Pupi  viajan todos los días al trabajo conmigo. Es uno  de los lujos que tiene mi vida de autónoma. Pienso en lo bien que viven, lo que disfrutan y disfrutamos  con la mutua compañía.

Mi cabeza va saltando de una idea a otra sin parar. Esta vez, y debe ser que hoy he amanecido melancólica, pienso en cómo será mi vida sin ellos, en cómo será el momento en que tenga que decirles adiós, en que tenga que soltar su pata y no volver a mirarme en sus ojos. Son ya varios los animales que han pasado por casa y varias despedidas las que hemos tenido que vivir, sufrir, pasar. Podemos poner el verbo que queramos, eso no lo hace menos doloroso.

Puedo nombrar a los animales que han compartido mi hogar, Coan, Cleo, Marta, Pauli, todos han ocupado su lugar y el vacío que dejaron no puede ni debe llenarlo otro. Ni siquiera  tendría el atrevimiento de intentarlo porque sus vacíos me llenan, me pertenecen igual que les pertenecieron a ellos mis caricias. Porque cada nuevo miembro de la familia construye su lugar en nuestra vida, su propio espacio, sin ocupar el del anterior. Construyen un mundo lleno de respeto, compañía, alegría, y todo aquello que dibuja el paisaje que vemos al recordarlos.

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Coan.

Todos sabemos que la vida nos depara alegrías y sufrimientos, que a lo largo de los años tendremos que afrontar el dolor como parte del camino. Eso no podemos elegirlo pero si podemos elegir cómo superarlo o por lo menos cómo enfrentarnos a él. Mucha gente ante la pérdida de un ser querido, y los animales lo son para nosotros, se niega a compartir su vida con otro animal porque no quiere  sufrir de nuevo y porque cree que nadie podrá ocupar el espacio del que se fue, y efectivamente es así. El problema es que nos negamos también la posibilidad de ser felices de nuevo y de compartir momentos estupendos con seres que nos necesitan.

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Marta.

Cuando colaboras en alguna protectora, ves tantos animales pidiendo a ladrido o maullido limpio una oportunidad, que hasta da un poco de pudor plantearse que el que se fue será el último. Porque  en el país donde nos ha tocado vivir nunca existe el último abandono o el último maltrato, sólo y por ahora, el siguiente tras el siguiente. Quizá por ello debemos vencer más el obstáculo emocional y unirnos al siguiente tras el siguiente nosotros también.

Mi vida está llena de vacíos  creados por  los que decidieron irse  y que conviven en equilibrio con los nuevos espacios creados por los  que han ido llegando. Mi espalda está llena de clavos, que lejos de sacar otros clavos, se unen entre ellos tejiendo una tela que vibra de emoción cuando otro animal entra a formar parte de nuestro hogar.

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Cleo.

No dejéis que el dolor os impida vibrar, sentir, vivir, y, sobre todo, no dejéis en la cuneta a los que os esperan para ofreceros lo mejor de ellos , su cariño incondicional y sus entrañables recibimientos al llegar a casa.

 ¿Os lo vais a perder?

Carmen Navarré

Ladrando a la Luna