Cuando la única salida es salvar una vida, hay que tomarla. Así de claro lo tuvieron las personas que no se lo pensaron para recorrer 1.200 km para salvar la vida de una galga. Una historia con final feliz que ahora os contamos.

Corre, corre, corre como el viento. Corre, corre. Stop. No puede más. Noa ya no corre, sus patas no responden. Con 11 meses, su cuerpo, negro y esbelto,  ha dicho hasta aquí. Ya no corre y ha pasado a ser una perra inútil, un deshecho. Ya no sirve para ganar dinero con su velocidad y es un gasto para su dueño.

El mismo hombre de voz cordial  y alma ausente que un año atrás  cedió a Curra, hoy llama por Noa, dice que ya no sirve y tiene que quitársela de en medio y tiene que ser ya. Y “ya” es sinónimo de que si no nos la llevamos, igual se tiene que deshacer de ella. Para complicar más la situación, ya de por sí difícil, la perra está en Sevilla y nosotros en Valencia.

Con la cabeza hecha un lío, llena de rabia, de pena, de angustia por la premura, mi compañera Ana llama a todos los contactos que los nervios le permiten. Las demás hacemos lo propio. Conocidos de aquí y allí que puedan acoger a la perra mientras vamos a por ella. Porque en todo este caos, lo único claro es que hay que salvar al animal, no podemos dejar que la amenaza se convierta en realidad, aunque somos conscientes de que hay muchas “Noas” en este país que no han conseguido salvarse y eso hace agridulce el viaje que emprendemos.

galga

Noa con su nueva compañera de vida, Curra. Ambas galgas han sido rescatadas de descarte de carreras de galgos y ahora viven con Ana y su marido.

Hablamos con transportes de mascotas y protectoras de la zona, pero es demasiado complicado en tan poco tiempo, no nos aseguran que puedan traerla tan pronto. Los “noes” se suceden: “no conozco a nadie en Sevilla”, “no puedo acogerla”, “no podemos llevarla ese día”, y el peor de todos… el “no puedo aguantarla más” de su dueño.

Al final , gracias a Yolanda que ofrece su coche, su dinero, y a su marido de conductor, y gracias a Sabina que ofrece su casa, se puede organizar el viaje.

Al día siguiente  Ana, y  dos compañeros (Juan y Juan) a los que bautizamos como los Juanes, emprenden un largo camino de  1.200 km , lleno de  la misma esperanza que incertidumbre. Mientras ellos viajan,  aquí la espera se hace eterna. Cada media hora alguien pregunta: “¿cómo vais?”, “¿por donde estáis?”, “¿la tenéis ya?” o se pide prudencia en la carretera.

Los que esperamos, que somos todos a los que ha llegado la noticia de la galga, nos ponemos en la piel de los compañeros y pensamos en el momento de tener cara a cara a este individuo, a este miserable que sin temblarle la voz es capaz de realizar amenazas que sabe que causarán efecto en el que las escucha. Porque esas amenazas se escuchan, no sólo se oyen, se escuchan con atención, se procesan como buenamente se puede y te  llenan de tal desazón que la parte racional de tu cerebro desaparece por momentos.

Esto no sé si es positivo o negativo. La parte racional quizá nos llevaría a no ir a por ella, a buscar otras opciones por la zona, pero la parte sentimental nos obliga a darle la oportunidad que otras “Noas” no han tenido ni tendrán en este país. Un gesto que quizá nos redime de no haber hecho otros gestos en su día, una tabla de salvación de nuestra conciencia que se activa en la desesperación.

Al menos, en este caso, hay un final feliz. Noa y Ana no se han separado desde que volvieron del viaje. Ni una ni otra han podido despedirse. Noa se pega a las piernas de Ana y Ana no es capaz de separase de esos ojos melancólicos.

Ella es sólo un ejemplo  de los cientos de galgos que sufren en nuestro país. Algunos hemos llegado a pensar, injustamente, que estaban de moda. No es así, necesitan ser salvados de los humanos, de la gente que los ve como meros objetos y no como los seres sensibles que son.

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Noa vive ahora tranquila y feliz en su nuevo hogar. Otros galgos no han tenido tanta suerte.

Todos los animales abandonados son supervivientes de nuestra irresponsabilidad. Los galgos la sufren doblemente, por la caza y las carreras. Intentemos trabajar doblemente por ellos para compensar la inhumanidad de otros. Pero no sólo adoptando, sino denunciando, firmando las diferentes peticiones que se realizan en contra del maltrato que sufren estos animales. Ver el documental “Febrero, el miedo de los galgos”  es esencial para entender la magnitud de la situación.

Si está pensando en salir corriendo a adoptar un galgo, vuelva a sentarse y piénselo. No debemos caer en  la adopción compulsiva. Sabemos que nace de las ganas de ayudar pero quizá el animal ideal para usted no es un galgo, puede ser  un mestizo, o un podenco, etc. No caigamos en tratarlos nosotros también como objetos para limpiar nuestras conciencias.

Si está pensando en adoptar, acuda  a las protectoras o a las perreras y déjese aconsejar por los trabajadores y voluntarios. Si tras ver a los cientos de animales que suele haber en cada refugio no adopta a ninguno, quizá es que usted todavía no está preparado para recibir  el cariño desbordante que puede aportarle un animal.

Pero no desespere e insista. Un día, sin buscarlo, se cruzarán en su camino los mismos ojos melancólicos que han cautivado a Ana. Detrás, quizá, no haya un galgo, pero sí alguien que no se separará nunca de sus piernas.