Suena el despertador, son  las siete de la mañana pasadas, me levanto. Mientras saco a Dante y Pupy, mi marido prepara el desayuno. Como cada domingo, comienza nuestra rutina: un café con leche, una tostada y a coger las botas de agua para subir al refugio.

Vestirme de domingo es colocarme pantalones y camisetas cómodos, pero viejos, y un par de calcetines de colores chillones para dar un toque alegre a la mañana. En  minutos todo estará sucio. Eso sí, nunca una suciedad fue tan deseada.

Subo al coche pensando cómo irá el día, en las adopciones, en cuántos animales nuevos habrá esta semana, y qué historia habrá detrás de sus miradas.

Aparco en la puerta. Algún compañero madrugador  está dándole ya a la escoba. Empiezan a ladrar  los perros al oír la puerta. Entro, me coloco las botas y  me dirijo a mi zona. Hoy me toca la J1, una de mis preferidas.

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Gatito del refugio Svpap. Fotografías cedidas por María Mora García.

Entro en la jaula y empiezan a saludarme todos, dejándome sus patitas marcadas en la ropa, que ha durado limpia unos 17 minutos. No está mal. Se me acercan Rambo, Fer y Hildie, mientras Margot y Miel siguen mis movimientos para ver hacia dónde tienen que moverse ellas. Son miedosas, quizá nunca las toque, pero no importa, sólo sufro pensando qué parte de su pasado les hizo ser así. Entro en el dormitorio y Truman está allí enroscado encima del palé. No suele estar con sus compañeros, es un perro independiente, pero cariñoso cuando lo tratas. Muchas veces anoté en la libreta veterinaria que Truman está solo en el dormitorio, tumbado, como alicaído. Hasta que entendí que no estaba enfermo, es su carácter. Al final comprendí que no todos los animales son iguales, ni perros, ni gatos, ni humanos. Pero es verdad que mucha gente quiere animales a los que abrazar, que les devuelvan el cariño de manera expresiva, cuando lo cierto es que todos te devuelven el amor que les das, pero de formas diferentes.

Van llegando compañeros constantemente. Somos muchos  cada domingo para ayudar a los otros refugiados, como les llamo a veces. Refugiados  llegados de cunetas, contenedores, corrales infames, familias crueles, peleas, cazadores sin escrúpulos. Son las víctimas de la miseria humana, seres desprotegidos que sólo tienen una oportunidad para salir adelante: llegar a un refugio y no a una perrera. Un 50% de posibilidades que separan  la vida de la muerte.

Por suerte, lo que el humano estropea, otros humanos lo arreglan, si bien, es frágil consuelo cuando es un goteo constante de animales rotos por fuera y por dentro. Pero hay que aferrarse a la esperanza de un mañana mejor.

Este frágil consuelo nos sirve para seguir, para recibir a cada posible adoptante con alegría, casi la misma que los perros muestran subiéndose a las vallas y ladrando, o los gatos asomándose a las gateras y maullando sabiendo que su oportunidad pasa cerca.

Ladridos y maullidos que rodean mis mañanas de domingo desde hace nueve años y que ojalá acabaran mañana mismo porque significaría que somos una sociedad responsable y justa que no deja a su suerte a los más necesitados.

Hasta que ese día llegue, allí estaremos para intentar devolver la confianza en el ser humano y devolverles la dignidad  como seres vivos, que algunos se empeñaron en quitarles.

Pero no quiero acabar dejando la tristeza en su espíritu; al contrario, quiero compartir con ustedes la gran capacidad que tenemos de ayudar al otro, sea de la especie que sea, y de trasmitirle nuestra alegría  y nuestra compañía. ¿Se animan a comprobarlo? Les garantizo que verán la vida desde otro punto de vista. Notarán al principio una herida en el alma pero sanará cuando  su mano roce a uno de esos refugiados porque habrá empezado el camino hacia su felicidad.

Carmen Navarré, voluntaria Svpap