Me encanta la inocencia de quien no es consciente de que despierta en ti un amor infinito, una sonrisa continua y unas enormes ganas de vivir sólo por el hecho de poder seguir mirándole toda la vida. Es el caso de los animales.  Cuando miro a mis perritas y me veo reflejada en sus miradas tan limpias, me pregunto si serán conscientes de cuánto las quiero, de cuánto me ayudan  cada día, de cuánto aportan a mi vida. Porque supongo que no lo saben, que no son conscientes y aun así, cada día, cada minuto, me siguen dando,  me siguen ofreciendo todo lo que son: tres almas limpias.

En ellas he encontrado el amor verdadero, el amor incondicional. Ellas me quieren porque soy yo. Me quieren cuando las acaricio y les doy premios; me quieren cuando las saco a pasear por el monte o las llevo al río; me quieren cuando las bajo  a jugar con su pandilla perruna y pasamos la tarde jugando; me quieren cuando las llevo a la escuela, las educo y las guío. Pero también me quieren cuando me enfado y les grito porque no cumplen las normas de convivencia que les imponemos los humanos, cuando no tengo tiempo para jugar y las aparto para estar tranquila o cuando las dejo solas durante horas porque tengo que salir de casa.

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Me quieren porque sí, porque soy yo, con lo bueno y con lo malo.  Ese amor incondicional, hagas lo que hagas, me conmueve y, por eso, intento devolverles algo de todo lo que ellas me dan. Intento que sean felices, que disfruten de nuestra vida juntas. Intento ser una humana un poco perruna, ponerme en su lugar para intentar comprenderlas y amarlas como ellas me aman a mí: Sin condiciones.

Y me gusta pensar que, al menos, un poquito y de alguna manera, ellas lo saben.